3 de diciembre de 2014

Hay un día de mi infancia que nunca me contaron pero está nítido en mi memoria: Mi abuela, en el patio, bajo la Santa Rita, con una maceta de barro pintada, roja, y unos gajos de Estampilla. Yo, a su lado, con una macetita de barro poco más grande que un vaso, copiándola exactamente.
Siempre fue así, nunca explicaba: hacía y yo imitaba y luego repetía solo y perfeccionaba. Las felicitaciones o las correcciones eran, por algún motivo, innecesarias en nuestra relación...
Poníamos un carbón en la base, luego la tierra y el esqueje. Finalmente, el secreto, lo que me aseguraba el éxito y me hacía superior a cualquier amigo que le interesara el tema: colocar la maceta a la sombra unos días y regarla abundantemente....

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