Golpeo
las manos pero sé que es una formalidad, que no me va a escuchar,
así que paso entre los autos esperando que el perro me
vea y me anuncie con sus ladridos.
–
¡Basta Beto! –le grita el mecánico desde
abajo de un Ford.
–
Soy Juan, el del Volkswagen...
–
¡Ah, pasá!, ya está listo lo tuyo – dice
sin interrumpir lo que está haciendo.
Me
apoyo en el guardabarro trasero del auto que está revisando y espero
paciente, ya me acostumbré a los tiempos del taller,
vengo casi una vez por semana así que tengo claro que apurar las
cosas es imposible.
“Tenés mala suerte”, suele decirme el mecánico cuando vuelvo a los seis o siete días con un problema totalmente diferente al de la última vez. Pero con un auto de veintiún años no puedo esperar mucho más.
“¿No será el mecánico?” suele decirme un amigo cuando le comento mis reiteradas visitas. No, no quiero desconfiar de él, me ha remolcado el auto más de una vez y me ha esperado casi un mes para pagarle...
“Tenés mala suerte”, suele decirme el mecánico cuando vuelvo a los seis o siete días con un problema totalmente diferente al de la última vez. Pero con un auto de veintiún años no puedo esperar mucho más.
“¿No será el mecánico?” suele decirme un amigo cuando le comento mis reiteradas visitas. No, no quiero desconfiar de él, me ha remolcado el auto más de una vez y me ha esperado casi un mes para pagarle...
Beto
comienza a ladrar, y la escena se repite con otro protagonista.
–
¡Basta Beto!
–
¿Está lista la chata? – una variación: no
dice su nombre. Tal vez su uniforme lo haya desacostumbrado a
anunciarse: es un policía.
La
chata parece lista, es la primera que está estacionada en el
pasillo. La miré detalladamente porque me extrañó ver un vehículo
policial en un mecánico de barrio. Pensé que tal vez la provincia
tendría mecánicos propios o un taller donde las llevaría a todas,
no sé.
–
Ya está lista –Responde el mecánico mientras
sale de abajo del Ford-- pero ponele una nafta de mejor calidad
porque vas a volver a tener el mismo problema.
–
Si, ya sé. Lo que pasa es que tengo un arreglo
con la estación esa. Tengo un tanque por semana.
–
¿Pero la nafta no te la da la provincia?
–
Si, pero la de la provincia es buena, la uso para mi auto. A
esta le pongo la regalada. Total, no me cuesta nada, con una pasada al
menos por noche tengo un tanque por semana, sobra.
Yo
sigo ahí, ignorado.
–
¿Te enteraste lo que pasó hace un rato acá a
tres casas, en el almacén? –sigue el mecánico con el policía.
–
No.
–
La asaltaron, había un montón de gente
comprando, el pibe salió corriendo porque un vecino se le tiró
encima y lo quiso desarmar. El pibe safó y se metió acá en el
taller.
Miro
al mecánico, está contando un hecho extraordinario que sucedió
hace solo un rato y ya lo
convirtió en
anécdota vieja, todo es
la rutina de siempre, o tal vez la rutina de todos los días incluye ese tipo de hechos en el
barrio. Vengo
seguido y nunca me pareció
una zona tan peligrosa...
–
¿Y qué pasó? –intervengo.
–
Nada, ladra el Beto, yo abajo del auto pienso que
es un cliente, y en eso siento que entra alguien más, gritando :
“¡Pará, hijo de puta!”
“Justo
estaba usando esta barra –nos muestra una barra de hierro de un
metro más o
menos-- así que salgo rápido
de abajo con la barra en la mano y lo veo al pibe con un revolver
corriendo hacia mí y atrás a Julio, el panadero”.
Trato
de imaginarme la situación y me cuesta.
“Cuando
me ve el pibe – continúa –
ya es tarde, ahí nomás desde el piso le doy con la barra en las
piernas y el pibe vuela y cae sobre este Ford que estoy arreglando
ahora. Lo
cagamos a patadas entre el panadero y yo...
–
¿Pero el boludo por qué se metió acá? –
piensa en voz alta el policía – ¿Habrá
pensado que se podía robar un auto?
¿Cómo
el policía no
sabía nada de
un procedimiento así en la zona?, pensé.
–
¿Pero nos llamaron?, porque yo no me enteré
–
Nosotros no, no sé si la chica del almacén hizo
la denuncia, evidentemente no.
No
entendía, me imaginaba la situación
y no podía
armar un desenlace.
El pibe ahí tirado, golpeado, y el panadero y el mecánico
mirándolo.
–
Justo hoy hablaba de
esto con el rengo –el
policía habla mirando el suelo, como armando las ideas mientra las
dice–, no se puede seguir así. Estos
pibes se drogan y no tienen códigos. El otro día paso la vía con
mi auto particular y veo que viene uno corriendo. No sé si venía
a asaltarme
pero, imaginate, no le voy a preguntar... Por suerte no traía la
reglamentaria, no vaya a ser que le dé. Tenía un revolver que quedó
de un allanamiento así que lo saqué
de la guantera y lo vacié. El hijo de puta se fué
corriendo, no se si le dí o se cayó, ahí nomás me fui a la
mierda... no me vió nadie por suerte...
–
Pero él es nuevo en la zona – interrumpe el
mecánico mientras se desengrasa un poco las manos en el piletón –
¿Hago mate?
–
Dale... ¿Quién, el
rengo? Si, pero sabe;
antes de ser comisario acá estuvo en zonas complicadas, conoce...Va
a apoyar al grupo, eso está claro, pero él no va a dar
la orden de entrar a la villa.
–
No hace falta, si el grupo funciona
se van a asustar, vas a ver. Hay que respetar la ley, juan – por
primera vez el mecánico se refiere a mí –, se drogan y no respetan nada.
Quiero
contestar, preguntar qué pasó con el pibe... pero dudo un segundo y
el policía sigue.
–
Ni se te ocurra decir que se metió acá –le
dice al mecánico
–
No, seguro...
Miro
la hora, el mecánico me ve y va a buscar la llave de mi auto
mientras pone la pava en el anafe.
–
Tomá, llevátelo, estaba mal regulado, fijate
ahora.
–
¿Cuánto
es?
–
Nada, si fueron dos minutos, hubiera estado más
temprano si no fuera por este quilombo que estaba contando.
–
Está bien, si yo recién salgo del trabajo...
Me
animo mientras voy a mi auto, trato de decirlo como al pasar:
–
¿Y el pibe?, ¿qué pasó?
–
Un chorito, drogado, qué querés que pase...
Me
subo al auto, bajo la ventanilla y saludo con la mano, pongo reversa
y dejo de ver al mecánico y al policía mientras salgo despacio del
pasillo...
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